Fragmentos sobre La voz en “La lluvia de verano” de Marguerite Duras. Por Erick González.

Esta novela[i] y guión cinematográfico, de la autoría de Marguerite Duràs, toca directamente el tema del Foro. Su personaje principal, Ernesto, con su manera singular de aprender y vivir la escuela le permiten a la escritora hacernos reflexionar sobre algo que a veces parece evidente, que damos por sentado cuando las cosas van más o menos bien, pero que hoy ponemos en el centro del debate con la pregunta ¿insumisos de la educación? y es el hecho de que las condiciones para el acto educativo no vienen dadas de entrada, de igual manera para todos los sujetos. De todas maneras esta referencia, y desde la vertiente que toca directamente el tema del Foro, podrán leerla de manera más clara, en el artículo que ha escrito Miquel Bassols para el Dossier del Foro titulado “Lacan en la escuela”. En esta ocasión tomo un sesgo, tres fragmentos del libro que tocan la cuestión de la música y del objeto voz, el sonido de las palabras, su materialidad. Me pareció interesante extraerlas, ya que es una línea que atraviesa todo el libro, casi al modo de banda sonora.

 

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“A la madre se le había olvidado la lengua de su juventud. Habla sin acento, como la gente de Vitry. Sólo se confunde en los tiempos de los verbos. De su pasado le quedan algunas consonancias irremediables, palabras que parece como si las desenroscara, muy dulces, algo así como unos cánticos que le humedecen el interior de la voz y que hacen que las palabras le salgan del cuerpo sin que se dé cuenta a veces, como si la visitara el recuerdo de una lengua abandonada”. Pág 24.

 

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“La madre cantaba El Neva. Era un gran canto El Neva, hermosísimo, sin letra. Jeanne se había despertado al son de El Neva, que conocía desde que había nacido, cuando sus padres volvían del centro de Vitry.

Mucha gente que vivía en los hotelitos que había a lo largo de ese recorrido hacia el centro de Vitry conocía El Neva sin letra, sin saber dónde lo había oído, si en la televisión o en las calles de Vitry cantado por hijos de inmigrados. Pero muchos niños que no eran inmigrados cantaban también El Neva. Así que era imposible saber de dónde procedía.

Ernesto también había oído la magnífica voz de la madre emerger de la oscuridad. Sin letra alguna, esa voz contaba el largo y lento cuento de un amor, del amor de los amantes, y también del esplendor del cuerpo de su hija, esa Jeanne silenciosa que también escuchaba El Neva en el oscuro dormitorio. Y también El Neva de la madre contaba cuán difícil y terrible era la vida, cuán adorables y puras eran esas personas, los padres, y también contaba hasta qué punto lo ignoraban. Y también que los niños sí lo sabían.

Con la voz de la madre, la noche se había cargado de una felicidad salvaje, violentísima, y Ernesto había sabido de pronto que nunca más volvería a sentirla.” Págs.94-95.

 

 

***

Ernesto: Precisamente, quería decirle algo: he llegado a los últimos días del conocimiento, señor maestro.

El maestro: ¿Qué dice usted, don Ernesto?… ¿A qué ha llegado usted?

Ernesto: A la filosofía alemana. Estaba deseando decírselo…

El maestro repite para sí, bajito, las palabras de Ernesto.

El maestro: A la filosofía alemana.

Ernesto: Sí. Dentro de nada, me pararé.

El maestro se tapa la cara con las manos y grita.

El maestro: Soy un criminal, don Ernesto… Se ha vuelto usted loco…

Pausa. Ernesto sonríe al maestro.

El maestro: ¿Así que, después, ya no hay nada, según usted…?

Ernesto: Eso creo… Para mí… Me refiero a mí… Para mí, después, ya no hay nada… nada… a no ser la deducción matemática… maquinal…

El maestro, grita bajito: Nada… Eso cierra el ciclo… de esa parte del mundo…

Ernesto sonríe.

Ernesto: O lo abre… Eso depende de uno, ya lo sabe usted, señor maestro.

El maestro: No, no lo sé, no sé nada… ¿Qué queda en su opinión, don Ernesto…?

Ernesto: De pronto, lo inexplicable… la música… por ejemplo…

Ernesto mira al maestro con una gran dulzura y sonríe.

El maestro sonríe a su vez.” Págs. 99-100.

 

 

[i] Duras, M. La lluvia de verano. Alianza Editorial. Madrid, 1990.

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