Sobre la película Cube de Vincenzo Natali. Por Magda Mataix.

Sobre la película Cube de Vincenzo Natali. Por Magda Mataix.

Cube, una película de culto y ciencia ficción, nos brinda una oportunidad para poder trabajar la cuestión de cómo acompañar al sujeto autista, no por la complejidad del teorema matemático que plantea ni por su conocido suspense, sino por Kazan, uno de sus protagonistas, un genio del cálculo numérico. Cube, vuelve a poner en escena al talentoso autista con su capacidad sobrehumana para el cálculo matemático, no se trata de la sorprendente habilidad para contar palillos o recordar listines telefónicos como Rain Man, sino de la capacidad para realizar un cálculo numérico considerado astronómico por su dificultad. La conocida “mente privilegiada” vuelve a ponerse al servicio de un otro, pasando por encima del uso, articulación e interés que el propio sujeto pueda hacer de ello, ¿cómo acompañarlos para que cada uno pueda servirse de su habilidad en su propia lógica y evitar ser un simple instrumento del otro?

Seis personas despiertan misteriosamente en una habitación cúbica, están vestidos de uniforme y ninguno de ellos tiene conciencia de cómo ha llegado allí. El habitáculo conecta con otros habitáculos configurando un complejo laberinto que constituye una gran estructura cúbica. Pronto descubren que las salas contiguas a la habitación en la que se encuentran contienen trampas mortales excepto una ¿cuál? Entre habitáculo y habitáculo hay escritos un conjunto de tres números. La matemática del grupo descubre que las trampas están en aquellas habitaciones en las que uno de los números es la potencia de un primo. Para esto, necesitará contar con los factores de cada conjunto, cálculo imposible de realizar mentalmente por un humano, solo un ordenador podría calcularlo.

 

Se anticipa aquí el lugar en el que viene a aparecer Kazan, hasta entonces considerado un estorbo, aparece en escena para solucionar la encrucijada del cálculo matemático. Su voz, tímida y discreta, sorprende a sus compañeros anunciando el factor de cada conjunto necesario para conocer el habitáculo que no contiene trampa. A ojos de sus compañeros, Kazan era hasta entonces un misterio: un chico raro, que gritaba, realizaba movimientos extraños, se tapaba los oídos, repetía frases cortas y tenía pánico al color rojo.

 

La matemática acaba de deducir la lógica que sustenta el mecanismo global en el que se encuentran: un cubo gigante compuesto por distintos habitáculos cúbicos que se mueven y se desplazan. Descubren pero que existe una posición inicial que contiene un puente que les llevará a la salida, “como una enorme cerradura con combinación”. La matemática basándose en las coordenadas y sus permutaciones descubre donde está la salida, el puente, pero deben desplazarse por los cubos para llegar a ella, lo que supone deducir la puerta sin trampa con la ayuda del cálculo de Kazan.

 

Existe pues una lógica del sentido que permite a la matemática deducir la cuestión del mecanismo de este gran laberinto y su funcionamiento, lógica que define con la metáfora de la cerradura y su combinación.

 

Sin embargo, el conocer la lógica y el camino hacia la salida no será suficiente. Requerirán de la  genialidad de Kazan para averiguar las puertas que no contienen trampa. Kazan pasa a convertirse en la pieza clave y necesaria del enigma, sin embargo, él no sabe el porqué y nadie se lo explica, pide simplemente una bolsa de gominolas por cada cálculo que realiza.

 

El lugar en el que esta película sitúa al sujeto autista da cuenta de la importancia de descubrir y conocer la particularidad de cada sujeto. Sin embargo ¿cómo acompañar esa capacidad, habilidad o singularidad y ayudar a articularla con algo del sentido, de la invención? ¿cómo favorecer que lo propio de estos sujetos pueda darse la mano con algo de lo social y así encontrar un lugar en el mundo? Esta película, muestra pues como la lógica numérica, la lógica pura en la que frecuentemente habita el autista, se hace imprescindible para acceder a la salida, sin embargo, requiere también de un sentido, de una lógica sin la cual, el cálculo queda remitido a una simple bolsa de gominolas.

 

Ese es pues el lugar de aquel que acompaña al autista, un lugar que también pone a uno a trabajar ¿cómo ayudar a que el sujeto autista haga de su particularidad, una invención? ¿y en segundo lugar, cómo evitar que éste quede preso de su propia invención facilitando su apertura al mundo y en cierta medida, un lugar en lo social?

 

Bernard Seynhaeve en su conferencia en Barcelona[1] hizo hincapié en la función y necesidad de la llamada “invención del interviniente”, aquello propio que el que acompaña al autista pone en juego, propone e inventa. Y a esto, el autista responde, a veces lo toma y a veces no, hay que estar atentos, seguir su senda, escuchar su respuesta y continuar el camino que éste nos propone sin dejar nunca de inventar  y alimentar  su creación.

[1] IIIª Jornada del grupo de investigación para una práctica entre varios. Un autismo entre varios, 22 y 23 de mayo del 2015. Barcelona

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