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Etiqueta: Jacques Lacan

Dos fragmentos sobre Jacques Lacan y la voz. Por Jacques-Alain Miller

Dos fragmentos sobre Jacques Lacan y la voz. Por Jacques-Alain Miller

“La instancia de la voz está siempre presente en la medida en que debo localizar mi posición con respecto a una cadena significante, y en la medida en que se considera esta cadena significante siempre en relación con el objeto indecible. En ese sentido, la voz es exactamente lo que no se puede decir.” pág. 16

“De la voz uno no se sirve sino que ella habita el lenguaje. Ella asedia y basta decir para que emerja, para que surja la amenaza en lo que se puede decir. Si hablamos tanto, si hacemos nuestros coloquios, nuestras charlatanerías, si cantamos y si escuchamos a los cantantes, si hacemos música y si la escuchamos, la tesis de Lacan, según mi punto de vista, comporta que todo eso se hace para hacer callar a aquello que merece llamarse la voz como objeto a”. Pág  17

Miller, J. A.: Jacques Lacan y la voz, en Rev. Freudiana núm. 21

El mundo más allá de la palabra, o la existencia como sumisión. Por Arseni Maximov

El mundo más allá de la palabra, o la existencia como sumisión. Por Arseni Maximov

Los analistas lacanianos hablamos a menudo de lo real y lo simbólico, de la cosa y de la palabra. Decimos que los seres hablantes no podemos entender el mundo si no es a través de la palabra, del lenguaje. Decimos que uno no tiene acceso a lo real, que “la palabra mata la cosa”. En cambio, muchos sujetos autistas viven casi por fuera del campo de la palabra, están sumergidos en lo real, en un mundo a penas tratado por el lenguage. Todo esto puede parecer demasiado abstracto o denso. Encontré unos pasajes de La náusea, de Sartre, que pueden aproximarnos a lo que implica “vivir en lo real” y nos permiten imaginar un mundo sin palabra.

El protagonista explica una experiencia en la que acaba de entrever las cosas más allá del velo de las palabras:

La raíz del castaño se hundía en la tierra, justo debajo de mi banco. Yo ya no recordaba que era una raíz. Las palabras se habían desvanecido, y con ellas la significación de las cosas, sus modos de empleo, las débiles marcas que los hombres han trazado en su superficie. Estaba sentado, un poco encorvado, baja la cabeza, solo frente a aquella masa negra y nudosa, enteramente bruta y que me daba miedo.  

La raíz, las verjas del jardín, el césped ralo, todo se había desvanecido; la diversidad de las cosas, su individualidad sólo eran una apariencia, un barniz. Ese barniz se había fundido, quedaban masas monstruosas y blandas, en desorden, desnudas, con una desnudez espantosa y obscena. (…) Todos esos objetos, ¿cómo decirlo? me incomodaban; yo hubiera deseado que existieran con menos fuerza. (…) Pero la existencia es una sumisión.

Cuando la palabra no “mata la cosa”, cuando el lenguaje no llega a nombrar y ordenar el mundo, cuando se borran las distinciones y las relaciones lógicas, las cosas se vuelven demasiado presentes, demasiado poderosas, y uno ya no puede separarse de ellas, no tiene ninguna protección frente a la fuerza con la cual se le imponen. Lo angustian, lo someten.

Apoyo la mano en el asiento pero la retiro precipitadamente: eso existe. Esta cosa en la cual estoy sentado, en la cual apoyaba mi mano se llama banqueta. (…) Murmuro: es una banqueta, un poco a manera de exorcismo. Pero la palabra permanece en mis labios; se niega a posarse en la cosa. La cosa sigue como es. (…) Las cosas se han desembarazado de sus nombres. Están ahí, grotescas, obstinadas, gigantes, y parece imbécil llamarlas banquetas o decir cualquier cosa de ellas; estoy en medio de las Cosas, las innominables. Solo, sin palabras, sin defensa, las Cosas me rodean, debajo de mí, detrás de mí, sobre mí.

Lacan decía: “La palabra es la muerte de la cosa. Es decir: con el símbolo queda anulado lo indefinido de algo real…” Y bien, si los sujetos cuya experiencia está organizada por el lenguaje a menudo se quejan de no poder sentir lo vivo y lo “verdadero” de este real que se les escapa y se esconde detrás de la palabra, para un sujeto que no ha incorporado el lenguaje, lo real puede ser demasiado “vivo”. Acaso ¿no es por eso que el sujeto autista está tan capturado por ciertos aspectos del mundo que lo rodea? Y ¿no será la repetición de las mismas acciones un intento de dominar este mundo no dominado por la palabra?

Lacan en la Escuela. Por Miquel Bassols.

Lacan en la Escuela. Por Miquel Bassols.

 

¿Hay realmente un deseo de saber en el niño?

En realidad, nada parece menos claro si escuchamos a muchos docentes de hoy. Freud mismo supuso en un principio que existía un deseo de saber en el niño, una suerte de pulsión primaria de saber, —un Wissentrieb lo llamó—, un empuje que lo animaba desde el principio en su búsqueda y en su experiencia de formación. Aunque todo en su propia práctica le indicaba de hecho que este “deseo de saber” era una suposición infundada, dado que más bien encontraba a cada paso un no querer saber, tanto en el niño como en el adulto, un no querer saber nada de algo sobre lo que, sin embargo, ya debía saber algo. Porque, ¿cómo puedo rehusarme a saber algo si no tengo ya, de algún modo, un saber sobre ello?

[…]

Al respecto, es siempre instructivo el caso, no por ficticio menos ilustrativo, de aquel niño que se negó a seguir yendo a la Escuela con la siguiente frase a modo de axioma: “No quiero ir más a la Escuela porque allí me enseñan cosas que yo no sé”. El caso, ficticio aunque fundado en una experiencia real, está relatado por Marguerite Duras en su novela “La lluvia de verano”. Tiene su origen en el breve relato titulado “Ernesto”, del que surgió además una película, “Les enfants”.

 

El texto completo estará disponible en el Dossier del Foro, a la venta en la librería del Foro.

Freud en la Escuela. por Vicente Palomera. 

Freud en la Escuela. por Vicente Palomera. 

Juventud desamparada. August Aichhorn

En 1925, Freud escribió un prefacio a una obra pedagógica de August Aichhorn, Juventud desamparada. [1] En ese breve texto, hoy casi desconocido, da un giro importante en su pensamiento acerca del valor preventivo de una pedagogía esclarecida por el psicoanálisis. Freud señala que hay tres profesiones imposibles: gobernar, educar, analizar; a las que Lacan agrega la de “hacer desear”.[2]Precisamente, es porque enseñar es imposible que el educador no puede retroceder nunca y tiene que ir incansablemente al encuentro de ese imposible por medio de la invención, tomando en cuenta a los sujetos y haciendo de los impasses, de los callejones sin salida que se presentan en la práctica, la palanca que ayude a relanzar el deseo.

El maestro se encuentra a diario ante el desafío de trazar y abrir cada vez, cada día, y como si fuese la primera vez, un nuevo camino en el bosque de ese imposible de educar del que habla Freud.

Para que nazca un “sí” al saber, para que haya una adhesión real del sujeto que aprende, el educador debe intentar entrar en la lengua de los alumnos, lengua que “se dice” en palabras pero también en gestos y, a veces, incluso en pasajes al acto. En estos últimos casos, el maestro debe tomarse en serio lo que está pasando. No basta solo contentarse en traducir las cosas en palabras, también hay que ir al encuentro del sujeto que allí se está expresando.

Una viñeta. Alguien lanza un Tipp-Ex en medio de la clase. Es un incidente límite que se produce en el aula, un pasaje al acto. El maestro puede contentarse con preguntar quien lo ha arrojado y limitarse a traducir el gesto en palabras. Pero, puede tomar otro camino e introducir un límite con una pregunta inesperada: “Me pregunto que querríais borrar…”. Este ejemplo muestra cómo el maestro ha elegido un modo de dirigirse a los alumnos que pueda ayudar a que el deseo tome forma. Este modo de “dirigirse a los alumnos” toma en cuenta el Tipp-Ex y lo pone en el centro de la conversación como una carta que le ha sido dirigida a él y por medio de la cual el mismo maestro se plantea una pregunta. Él no interpreta, al contrario, se presenta dividido, “trabajado” por ese Tipp-Ex que lo cuestiona, está bajo examen. Luego, le sorprenderá el alcance que tuvo su pregunta –“¿qué querríais borrar?”– cuando dos días después aquellos alumnos que captaron la pregunta y la palabra “borrar” se pusieron, también, a la tarea y vuelven a clase con un análisis crítico de un horario, con algunas reivindicaciones y propuestas. El maestro salva al sujeto y, más que abrumarlo bajo la culpa, en lugar de interrogarlo y hacerle pagar por ello, lo ha puesto al trabajo. “Se quiere borrar lo que los profesores escriben sobre nosotros”, dicen los alumnos. Los sorprendente es que los alumnos se hablan con un “nosotros”.[3]

Para Freud, educar quiere decir intentar imprimir, mediante el verbo, mediante las palabras –proferidas por los padres y los educadores–, las reglas mínimas de convivencia, es querer gobernar las pulsiones, gobernar lo que Freud llama “libido indomable”. Tarea imposible ya que hay siempre algo que escapa al dominio del goce pulsional por medio del lenguaje. No todo es educable. Todo sujeto encuentra un límite al saber. No todo se puede saber, y la pretensión de totalidad hace obstáculo a los efectos educativos.

Texto completo disponible en el Dossier del Foro, a la venta en la librería del Foro.
[1]Véase: Aichorn, A. Juventud desamparada, Barcelona. Gedisa. 2005.

[2] Lacan, J., El Seminario Libro XVII, El reverso del psicoanálisis, Paidós, pp.193-194.

[3] Noëlle De Smet, Au front des classes, Éditions Talus d’approche, 2005. Ver el post face de V. Baio, pp. 150-151.

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