Comentario a la película “Tan fuerte, tan cerca”. Por Claudia Rivas

 

Una expedición hacia el autismo.

 

El 11 de Septiembre del 2001 la vida de Oskar, un niño hasta entonces feliz, se transforma dramáticamente. Se ve enfrentado a la muerte de su amado padre.

 

Una muerte tan súbita, como imposible de dar sentido, lo lleva a seguir la única pista que considera su padre (un explorador de corazón), le ha dejado: una llave. Está seguro que su llave abre algo y está decidido a encontrarlo.  Así, tras la única huella que su padre le ha dejado, emprende una expedición para acercarse a él, para encontrar algo de su legado sobre la vida y la muerte.

 

Con un cálculo e ingeniería bastante notable, desarrolla una estrategia para lograr su objetivo. Para ello requiere, como es de esperarse, un rápido y amplio desplazamiento por las calles de Nueva York, que evidentemente estarían en situación crítica y, de cualquier manera, no serían muy recomendables de transitar para un niño de tan solo siete años… La soledad, ha de decirse, fue el menor de los miedos que el valiente y decidido Oskar tuvo que atravesar, que por cierto, no fue necesario gracias a la misteriosa presencia de un personaje mudo: “el Inquilino”.

 

La enseñanza, si puedo decirlo así, que la película “Tan fuerte, tan cerca” nos deja, no es (como yo por un equívoco esperaba), sobre los complejos caminos, las batallas que un niño autista y sus padres pueden atravesar, o atraviesan en el largo camino hacia encontrar un lugar donde pueda ser “escuchado”, acogido, acompañado, sino más bien, me parece, sobre cómo podemos acompañar a un niño en el encuentro con un imposible de tramitar, de comprender, de aceptar. ¿Cómo podemos acompañarle cuando en principio nuestra sola presencia puede resultarle amenazante? ¿Cómo puede la madre de Oskar acompañar a su amado hijo en su expedición cuando “specially not her” podía saber de sus planes?  Un lugar, tan paradójico como crucial, que tanto el interviniente como la madre de Oskar,  pagan con su respectiva dosis de angustia. Con todo y ello, es quizá un lugar posible para acompañar a un niño que, subvertido por el nuevo orden del mundo, nuestro mundo, requiere para sostener, mostrar su malestar, su rechazo, su insumisión frente a la “educación” y al sistema.

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